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(Este reto de escritura consiste en escribir, cada mes, un relato de 5 líneas que incluya las tres palabras propuestas. Si eres nuevo por aquí, te pido que leas cuidadosamente las normas.)

Medallero

 

MEDALLA DE PLATA; Amanda Vilas, Anabel Samani, Ángel, Arekkusu, Aurora Rapún, Carlos González, Carmen, David Coloma, Do.Lobera, Eris Morgenstern, Estrella Amaranto, Igor Rodtem, Javier Puchades, Javier Sánchez Bernal, jm vanjav, José Torma, Katalina Camus, Lorenzo, Luis J. Goróstegui, MJ RU1Z, Pilar Alejos Martínez, Sandra Adrián y Saricarmen.

 

MEDALLA DE BRONCE; Agnes Loriga, Angélica Rodríguez, Carla Guerrero, Carles Leo, Francisco Velandia, P. Emmerich y Pedro Merchán.

 

¡Enhorabuena a todos!

Si falta alguien, avisad, por favor. Sois muchos 🙂

Julio:

Bajando, parte y manos.

 

 

Llevo dos meses sin salir de casa empeñada en terminar esta maldita novela. La basura se acumula en el patio y la ola de calor me obliga a deshacerme de ella. Alguien ha movido los contenedores. Bajando la calle me doy cuenta de que no es solo eso, parte de los edificios se han volatilizado, como si nunca hubieran estado ahí. Una sombra surca el asfalto. Miro hacia el cielo y las bolsas se me caen de las manos.
Por Adella Brac.

 

Levante las palmas: equis. Es parte de un chiste. Si el ladrón dijera levante las manos, no tendría sentido que la víctima contestara equis. Esto de los chistes está muy bien, no como los monólogos presuntamente graciosos. Aquí si pega presuntamente, no como cuando dicen el presunto asesino, porque digo yo que será el presunto inocente. Pero bueno, ya estoy bajando por un tobogán de disquisiciones sin mucho sentido. Así que, hasta el mes que viene si Dios quiere.
Por Lorenzo.

 

Amanece entre piares, sus alitas aleteando bajando-subiendo, de parte a parte en zigzag rocambolesco; el sol en lo alto solemne. El vecino del 5ºA sale de casa a comprar pan, fruta, carne, pescado y verdura para toda la semana. Lleva sus manos protegidas con guantes, tiene la piel sensible; es alérgico al sol, eso dice cuando le preguntan. En su planeta de origen, su sol no está tan cerca, aunque eso, claro está, no lo dice.
Por Luis J. Goróstegui, del blog Observando el paraíso.

 

Me urgía encontrar al enterrador, pero nadie respondió a mi pregunta cuando la dejé suspendida en el aire. Era cuestión de vida o muerte, y todos callaban, apáticos.
—Bajando desde la iglesia, la segunda casa por su derecha —dijo con sorna el anciano renqueante que afloró de entre el gentío.
Le faltaba parte de una oreja, como si alguien la hubiese catado. Y sus manos nudosas se aferraban a los extremos de un desgastado pico de minero.
—Se oyen golpes en la tumba de madre. ¡Aprisa!
Por El enterrador.

 

Cada mañana regresa a la piscina, pero deja que sus pies se aproximen al agua mientras la vejez le obliga a tener paciencia. Luego, bajando por la escalerilla, contempla al resto de bañistas: manos y brazos que rompen el cristal de la superficie, mientras se deja mecer por el vaivén líquido que bambolea su cuerpo como las ramas de un árbol al capricho del viento. En buena parte de su memoria aún conserva la imagen de su padre ahogado cuando lo nombraba en un idioma extraño.
Por Estrella Amaranto, de Blog Literario Amaranto.

 

Colocó ambas manos en la parte más alta del friso y fue bajando, poco a poco, tratando de que las yemas de sus dedos se convirtieran en sus ojos. Estaba segura de que el mecanismo debía encontrarse ahí; el plano no podía estar equivocado… Palpó las rugosidades, las concavidades y los salientes, en varias ocasiones, sin tener éxito. Resopló, indignada; era suficiente por ahora. Volvió a recordar su mantra: un enigma es más valioso cuanto más laborioso resulta desentrañarlo.
Por Javier Sánchez Bernal, del blog La buhardilla de Tristán.

 

En mis manos está el torrente de la verdad, sin duda, la parte del cuerpo con más líneas. En el reverso hay dieciocho estrías para elegir: el amor, el corazón o la intuición. Bajando desde el anillo de Saturno encuentras el rasgo del destino, el único surco que nunca llega cuando lo esperas. Lo demás son ríos que parecen un nudo de autopista, una cascada de afluentes que ilustra la piel de la vida, desde el nacimiento hasta su desembocadura.
Por Juan Fernández Vicente, del blog «JFV, poesía de 24 kilates».

 

Voy patinando dejando que el aire me lleve. No me fijo y llegó a la terrible cuesta a demasiada velocidad. Bajando intento frenar en T, con el taco… pero ya es demasiado tarde. El viento y la velocidad no juegan a mi favor. Salgo del camino y me estampo contra uno de los matorrales que forman parte del camino. Por un momento me quedo quieta, pero una vez se me ha pasado la conmoción, me doy cuenta de que salvo unos arañazos en las manos y en las piernas estoy ilesa, menos mal.
Por Do.Lobera, del blog Do.Lobera.

 

Abandonándome al intento de volver a respirar de nuevo, quitar de mi mente cualquier intento de recordar a ningún ser querido, bajando las escaleras hacia el averno para dar mi parte de baja, apearme del carro del latido constante y dejar que mis manos no sientan ni frío ni calor, ese instante antes de hablar con el barquero de la laguna estigia, descifrando su rostro desfigurado y percibiendo el aroma de ultratumba, adiós digo y la niebla de aquel lago me desvanece por completo
Por Carlos González.

 

—Bajando, bajando, bajando… —Era todo lo que él pronunciaba.
—¿A qué te refieres? —dijo su hija con preocupación.
—Todo tiene un orden y la parte más difícil te tocará a ti —respondió su padre.
—¿Qué tengo que hacer? —dijo la chica con determinación.
—Cortar mis manos —dijo él— solo así serás libre y dejarás de vivir una y otra vez tu muerte.
La chica agarró el hacha y dijo:
—Lo que desees.
Solo se escuchó un sonido lastimero en la noche.
Por Angélica Rodríguez, del blog Mis pensamientos vuelan.

 

Se ha hecho normal sentirme cabizbajo y desmotivado, con ganas de simplemente quedarme acostado en la cama, y en gran parte, angustiado y estresado sin razón aparente. Siento como cada día mis ánimos van bajando desenfrenadamente en un interminable torrente de extrañas y descargables sensaciones, y sin un final aparente. ¿Podré zafarme de esto? A veces, siento que sí; otras, como si cada atisbo de esperanza se escurriera de entre mis manos.
Por Salvador.

 

El azul de tus preciosos ojos parecía pedir perdón y con el sabor aún reciente de tu último beso traidor, te lo hubiera concedido. Pero la sorpresa no me dejaba reaccionar. Con las manos temblorosas, tras apuñalarte en ese vientre liso y acogedor que tantas veces besé. Sentí un escalofrío bajando por mi columna. Una parte de mí no creía que le hubieses disparado.
Al final, no nos dará tiempo a despedirnos… ni a perdonarnos.
Por Ángel.

 

Bajando los ojos, me tomaste de las manos. Por la frialdad de tu piel, sospeché que no era de amor de lo que venías a hablarme. Titubeaste, y la palidez de tu rostro me espeluznó. ¿Qué horror escondía tu corazón, qué crimen o pecado? Porque te vi temblar como el niño que llora cuando se va un padre. Una parte de ti quiso confesar. Pero tu orgullo o vergüenza te puso trabas. Así me fui esa tarde, sin más que el recuerdo de alguien que había fracasado en afrontar la verdad.
Por p.emmerich, del blog p.emmerich escribe.

 

Ayer me acordé de ti. Fue en la parte del firmamento, bajando por la ladera de las sombras. Ahí donde el frío del pasado se junta con los anhelos del futuro. Fue en ese lugar donde decidimos separarnos. Solo pensar en ello me tiemblan las manos. Nunca pensé que te echaría tanto de menos. Pero, como bien dijiste, así debe ser. Como el bien y el mal. El sonido y el silencio. Tú tan grande, dorado y brillante. Yo sola, indefensa y rodeada de estrellas. Simplemente, noche y día.
Por Pepe, del blog Entre unas cuatro esquinas.

 

Bajando. Sé que estoy bajando, aunque hace ya rato que no siento la vertiginosa aceleración ni el impactante rozamiento con el aire. Extiendo mis brazos pero sé que no hay nada a lo que pueda asirme con mis manos, e incluso una parte de mí quiere seguir bajando para siempre. Sigo bajando, pero no sé si me espera algo al final del viaje o es que he llegado ya.
Por Igor Rodtem, del blog Lo innombrable y yo.

 

Bajando a las profundidades del templo por las desgatadas escaleras, en el centro, está un rubí. El pilar del lugar. La luz no lo toca, sin embargo, cada cierto tiempo una parte centellea por segundos. Ese fulgor esporádico que resalta una faceta, de las miles que detallan la joya, no pasa inadvertido. Al desvanecerse, manos invisibles componen un nombre, con finos signos, que perdurará por siglos. Es el sello que designa que un nuevo hermano ha nacido.
Por Francisco Velandia, del blog Pacho escribe.

 

El termómetro indica que las temperaturas siguen bajando y siento un gran alivio. El calor de los últimos días me estaba matando. Quién lo hubiera dicho. Me entristece pensar en cómo he cambiado tanto y, una parte de mi, siente que una profunda melancolía se ha instalado en mi vida. Bajo la mirada y observo mis manos, me recuerdan el por qué de este miedo. Ya no son de color uniforme ni tersas como antaño. Me estoy haciendo mayor y me aterra la idea de quedarme sin tiempo.
Por Magdalena Barreto González, del blog Mi vida en retales.

 

No fue su intención llegar a las manos. Solía observar desde su ventana lo que sucedía en la calle, pero nunca antes había intervenido. Los había visto discutir acaloradamente. ¿Qué parte no entendía aquel tipo de «déjame en paz»? Se había sorprendido a sí mismo bajando las escaleras de su casa y tomando cartas en el asunto. No debería haberlo hecho.
—¿Entiende lo que implica un cargo de «homicidio involuntario», señor González?
Por Lydia H. Willis.

 

Siento que cientos de manos me arrastran hacia abajo, recordándome que ella aún tiene parte de mi alma, siento que esta bajando hasta el más profundo de los sufrimientos con ella en la mano, mirándome con esa gran sonrisa que tanto me gustaba, con la mirada declarándome que nunca volvería a desafiarla. Tiene razón, después de caminar tanto sobre el borde de su abismo, de mirarla tan cerca a la cara, al final me atrapó, la muerte me atrapó.
Por LuciaG.

 

Lleva horas bloqueado. No reconoce como suyas las palabras que lee en el ordenador. Piensa que, debido al cansancio, las habrá escrito de manera automática. El argumento inicial de su novela se le ha ido de las manos. Ahora, la policía anda tan perdida como él. No encuentra al asesino por ninguna parte. Por eso, para rematar la historia de forma coherente, necesita descansar. Según va bajando los párpados, un terrible final fluye de su cabeza mientras un aliento gélido roza su nuca.
Por Pilar Alejos Martínez, del blog Versos a flor de piel.

 

La noche me sorprendió una vez más en mi ventana, mirando indiferente los brillos que iban bajando de las estrellas fugaces. En esta latitud eran muchas… ya no hechizaba el pedir un deseo que nunca se cumpliría. El otrora mágico paisaje, se había vuelto ordinario.
Mis manos abiertas en súplica a saber a quién, esperaban tu regreso. La parte más difícil era el alba, que me sorprendía una vez más en mi ventana, ausente de ti.
Por Carla Guerrero, del blog Está escrito.

 

Bostezó mientras cortaba con el bisturí bajando a lo largo del esternón. La madrugada estaba siendo movida, no recordaba una noche igual desde hacía veintitrés años cuando un virus empezó a colonizar a una parte de nuestra sociedad. Desde entonces las residencias de ancianos habían dejado de ser tan lucrativas. De sus dedos se escurrió el bisturí y bailó a sus pies hasta quedar en silencio. Boquiabierto, dejó caer las manos.
—¿Qué cojones es esta cosa?
Por Carles Leo, del blog Curioso por vocación.

 

Las manchas en sus manos le dicen que el tiempo se acaba, ya no está de su parte. Con dificultad se pone de pie y escucha el crujir de sus huesos, empiezan por el hombro y van bajando por la espalda hasta llegar a la cintura; finalmente llegan a sus rodillas. El bastón es de poca ayuda; pronto no podrá hacer nada con sus manos. Temblorosa abre el bote del analgésico y con un vaso de agua traga un par. Los nietos no tardan en llegar y tiene que estar preparada.
Por José Torma, del blog Cuentos, historias y otras locuras.

 

Nuestras manos estaban entrelazadas, no quería soltar a mi hermana. Bajando de aquel tren solo se sentía un barullo atronador, pero pronto la estación dejó un paisaje solitario, eliminando cualquier rastro del alboroto anterior. No se cuanto tiempo pasó, puede que fuesen horas, o quizá no llegó a unos minutos cuando una señora regordeta apareció frente a nosotras. Parecía amable, y en parte era un alivio, quizá el orfanato no fuese tan horrible después de todo.
Por Amanda Vilas, del blog Escondida entre nubes.

 

Después de la desaparición de Silvia fue su momento más doloroso, volvió hacia su casa con el sobre y todos los documentos. Atravesó paisajes hasta llegar a la abertura donde había muchas bifurcaciones, según el plano decía: «bajando al fondo a la derecha». Su imaginación volaba con todo lo que haría con esa fortuna. Unas manos le asieron, era ella la parte que le faltaba a la izquierda de sus costillas.
Por David Coloma García, del blog Blog de poesía y relatos.

 

Era inevitable el reencuentro, aunque la sombra continuaba acechando e impidió que fuera completo. Arropados por su hospitalidad compartimos una vez más los sueños y los recuerdos. Bajando al terreno físico, la diferencia esta vez, estaba en el vacío que presentaba el calendario de proyectos. Sus manos realizaban una danza construyendo parte a parte los relatos por vivir, pero en realidad era una danza de nubes que se disipaban.
Por Carmen, del blog Propuestas and made.

 

Al abrir la puerta de aquel local, nunca imagine lo que sucedería a continuación. Iba bajando las escaleras de entrada, limpísimas, por cierto, cuando comenzaron a dolerme las manos y a castañetearme los dientes. Una parte de mi, sabia que algo no encajaba, y al dejar atrás el ultimo escalón caí en la cuenta. Esta vez, no estaba de parranda, estaba muerto.
Al menos, el purgatorio era un bar.
—¡Jefe, cuándo usted pueda…!
Por Pedro Merchán, del blog El cuaderno de Pedro.

 

Bajando la cuesta que conduce al río, sortea una parte de la tapia que rodeaba el pueblo cuando estaba en pie. Al hacerlo, recuerda la primera vez que vio aquellas manos, deseó que fueran suyas y no paró hasta conseguirlas. Ahora las contempla, orgulloso, a contraluz. Es lo primero que va a enseñar a sus compatriotas cuando vuelvan a buscarlo. Sube al árbol de un salto y envía la señal convenida. El héroe ya está preparado para volver a su planeta con un nuevo triunfo a sus espaldas.
Por Aurora Rapún Mombiela, del blog La historia está en tu mente.

 

Bajando por la Gran Colina, un pequeño promontorio que servía como patio de juegos a los niños del orfanato, había un pequeño estanque que lucía un saludable verde fangoso bajo el sol otoñal. Pronto vendría el invierno, el tiempo perfecto para deslizarse con sus trineos improvisados, los más listos mantenían sus manos protegidas, los otros bajaban una parte deslizándose y la otra rodando hasta dar con el estanque para entonces congelado.
Por Katalina Camus, del blog Ambiente virtual.

 

Yo solo quería mi parte del botín pero el resto de la banda se negaba a repartir. Me pillaron lo que se dice con las manos en la masa. Sí, sí, bajando la garra mecánica para coger lo que me pertenecía. No quiero ni imaginar la cara de tonto que se me quedó, nunca había pasado tanto bochorno ni volvería a pasarlo. Después de aquello solo duré un par de minutos sobre la tierra…
Ahora estoy en el fondo del pozo que antes ocupaba lo robado.
Por MJ RU1Z, del blog Eleeabooks.

 

Ves a todos bajando delante de ti y te agarras fuerte con las manos en la barandilla. Parte de ti está ansiosa de que te toque el turno y otra parte temerosa de que lo haga. Es cuestión de tiempo. Avanzas hasta una zona fuera de la sombra protectora de los árboles y un sol juguetón te calienta más allá de lo agradable. Comienzas a sudar y de repente piensas que sería realmente refrescante hacerlo ahora. Por suerte, ya te toca bajar por el tobogán de agua. Te impulsas y ¡allá vas!
Por Nahnnuk.

 

Manos familiares vienen a quedarse en mis recuerdos, ellas son para mí una caricia que alivia. Una parte de la vida se ha quedado en sus trabajos, sus gestos. Ellas han sido instrumentos puestos al servicio cuando de amor se ha tratado. Bajando mi razón por el camino que lleva al corazón puedo saber que son ellas las que moldearon mi ser. Vuelo en libertad, consolación, caricias, plegarias, guía… alas de de dar y amar.
Por Diana Rosa Conti.

 

Aún puedo ver sus ojos perdiendo todo brillo que existía en ellos, dejando de aferrarse a los míos mientras el silencio nos consumía a ambos. Ahora me encuentro bajando lentamente las escaleras, cada peldaño resultando más pesado que el anterior. Mis manos tiemblan, sujetando una parte de aquella carta que expresaba cada uno de mis sentimientos que no había sido capaz de aceptar y ahora era demasiado tarde.
Por Alexandra, del blog Diario de una chica en pijama.

 

Llegó hasta mí balanceándose con la brisa. Un suave aroma a chocolate y menta que hizo que mis papilas gustativas se inundaran de jugos exóticos.
Seguí bajando las escaleras que comunicaban con el piso inferior. Parte de mí había quedado hipnotizado con los aromas que subían hasta mi nariz.
Desperté cuando sentí un golpe en mis manos. Solo pretendía tomar una porción de esa deliciosa tarta que se enfriaba en la ventana de mi vecina.
Por Virtudes Torres, del blog Pétalos de relatos.

 

Kaemis estaba bajando la escalera que la llevaría a los calabozos mientras pensaba en lo que iba a decirle. Al llegar a la celda le vio sentado en el suelo con las piernas cruzadas. Su garganta enmudeció. No pudo contener el llanto. Él simplemente se levantó y le ofreció sus manos a través de los barrotes. Ella se acercó sin dudar. Necesitaba sentirle, tocarle y besarle. Le amaba y sabía que si el príncipe heredero lo mataba una parte de ella moriría con él.
Por Sandra Adrián.

 

Tal era la urgencia por orinar, que sin mayor cuidado se aventuró por un estrecho camino entre los arbustos. Al ir bajando sus pantalones perdió el equilibrio y terminó con las manos en el suelo. ¡Horror! Desde una chorreaba una blanda y oscura pasta maloliente, huella irrefutable de algún antecesor. Con nada logró quitarse la fetidez. El deseado paseo al campo fue un desastre y hoy es parte memorable entre sus anécdotas de la niñez.
Por Saricarmen, del blog Desde el Cielo.

 

Con mucho sigilo y las manos tanteando la pared fui bajando por las escaleras hacia el garaje. De tantas veces como me habían castigado yo ya había aprendido a ser un ninja, escabulléndome cuando todos dormían. La parte más difícil de mi infalible plan de fuga, en medio de esa completa oscuridad, estaba a solo unos peldaños de su objetivo. ¡Coño! Con lo que yo no conté fue que esa tarde había dejado la bici al pie de las escaleras del garaje. Menudo leñazo con bronca y castigo plus.
Por JM Vanjav, del blog JM Vanjav hasta en 500 palabras +

 

No me encontraría en esta situación si no les hubiera asegurado que siempre estaría de su parte. ¿Qué iba a hacer? Por primera vez en mi vida, sentía que yo era alguien y pertenecía a algún sitio.
Hace un rato, íbamos bajando del parque y nos estaban esperando. Yo no les conocía de nada ni ellos a mí. Pero ahora soy de la banda.
Al llegar a casa he pasado de largo por el salón y me he encerrado en el baño. Tengo que quitarme la sangre de las manos antes de sentarme a cenar.
Por Isabel Sáiz.

 

Caminábamos por alguna parte de una gran ciudad, subiendo y bajando calles, haciendo turismo. Perdiéndonos en el asfalto.
Nos movíamos en silencio uno al lado del otro, nuestras manos chocaban constantemente, con pequeños roces.
Al final, cansado de tanto sobresalto, tomó mi mano, me miró y sonrió. Le devolví la sonrisa, una gran emoción despertó en mí interior. Así comenzó nuestra historia.
Por Avalle Rei, del blog El mundo de Avalle Rei.

 

La montaña me miraba desafiante mientras bañaba mis manos en polvo de Magnesio. Estaba lista. Tenía que superar mi miedo. Comencé despacio, insegura, buscando la parte más sencilla de escalar. Conforme ascendía, mis niveles de adrenalina iban en aumento. Miré hacia abajo, no debí hacerlo. El miedo quería paralizarme, pero no iba a permitirle el lujo de verme bajando antes de tiempo. Casi podía tocar la cima con la punta de los dedos.
Por Sargow, del blog Estantería compartida.

 

Allí, bajando a lo más profundo de sí misma, se esconde de sus miedos. Allí, en la parte más oscura, anidan los silencios, se apagan las miradas y los sueños rompen sus alas. Allí, busca los abrazos perdidos, las manos de caricias quebradas, las palabras que hicieron sangrar sus cicatrices y que le dieron el último impulso hacia el abismo, sabiendo que no podía volar.
Por Javier Puchades, del blog El decantador de letras.

 

Disimular es la palabra que mejor encuadra con mi vocabulario, no solo con la parte oral, sino con el lenguaje corporal. Cuando estoy bajando las escaleras de este viejo hospital, quisiera que algunos entendieran lo que siento y otros no. Percibo como si cada parte de mi cuerpo está a punto de estallar y hasta mis propias manos se hacen pedazos. En ocasiones vivo con el miedo a que alguien comprenda esto, porque significaría que lo padece.
Por Óscar Quijada Reyes, del blog Unas páginas más.

 

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